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  • Asumió Adrián Zigarán como interventor del municipio de Aguaray

    Asumió Adrián Zigarán como interventor del municipio de Aguaray

Se denomina Circuito Güemesiano a los principales sitios de envergadura histórica más relevantes de la Gesta Güemesiana de la independencia. Se ubica en la ciudad de Salta, República Argentina, y sudeste del departamento Salta Capital, por las rutas provincial Nº 48 y nacional Nº9.


PLAZA BELGRANO: Entre las calles Av. Belgrano y Balcarce, se halla una placa con la siguiente referencia histórica: "Aquí fue herido por los realistas el Gral. Güemes, el 7 de junio de 1821". Esta placa fue inaugurada en junio de 1920 por iniciativa de la periodista salteña Doña Benita Campos.

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PANTEÓN DE LAS GLORIAS DEL NORTE: Ubicado en la Catedral Basílica de Salta, calle España Nº 558, fue inaugurado el 20 de octubre de 1918 lugar en donde descansan los restos mortales del Gral. Güemes.

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POR RODOLFO LEANDRO
PLAZA NAVAMUEL

 

Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770, a pocos metros del templo de Santo Domingo y en el solar de la avenida porteña que lleva su nombre. Su padre fue el capitán español don Domingo Francisco Belgrano y Peri (descendiente de una noble familia genovesa, nació en Oneglia, Italia el 15 de julio de 1730, aventajado comerciante en Buenos Aires, regidor del Cabildo y falleció en el Río de la Plata el 23 de marzo de 1793, siendo sepultado en la iglesia de los dominicos en Buenos Aires) y su madre, fue doña María Josefa González Casero, nacida en Santiago del Estero. Sus abuelos paternos fueron don Carlos Nicolás Belgrano y Belgrano (natural de Oneglia, Génova) y doña María Gentile Peri. Los abuelos maternos fueron don Juan Manuel González Islas (natural de Santiago del Estero) y doña María Inés Casero Salazar.

 

Era de regular estatura –dice Mitre-, de ojos grandes, de color azul sombrío, de cabello rubio y sedoso, de color muy blanco y algo sonrosado, cuya apariencia hacía recordar el tipo de razas del norte de Europa. La nariz era rominente, fina y ligeramen- te aguileña. Belgrano era de una contextura delicada, y su educación física no lo había preparado para los trabajos de la guerra. Estaba dotado, sin embargo, de una gran acti- vidad corporal, que lo hacía obreponerse a la fatiga. Se le acompañaba con dificultad cuando caminaba a pie, pues su andar era tan rápido que casi alcanzaba la medida del paso gimnástico de los soldados. Sus maneras eran sumamente cultas, sin afectación; sus gestos y ademanes muy medidos.

 

1. Sus estudios e ideas

 

Se graduó en el Colegio de San Carlos, donde ingresó para estudiar latín, filoso- fía y teología, y el presbítero, doctor Luis José Chorroarín le enseñó lógica, física, metafísica, ética y literatura. Luego estudió en España, en la Universidad de Salamanca y en la de Valladolid. Joven estudioso y siendo presidente de la Academia de Derecho Romano, Política Forense y Economía Política, solicitó, por razones de estudios en 1790, permiso al papa Pío VI para leer libros prohibidos, permiso que le fue concedido.

 


En febrero de 1793 se recibió de abogado en la Audiencia de Valladolid. A fines de 1793, Belgrano fue nombrado por el rey Carlos IV como secretario del Real Consulado del Virreinato que se establecería en Buenos Aires en 1794, cargo que asumió entusiasmado y con fin de poner en práctica en su país natal, las nuevas ideas económicas que recorrían Europa. 

 

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Nuestra Bandera en el campo del honor

Por Martín Miguel Güemes Arruabarrena


Vuelvo al tiempo de la epopeya norteña, en jurisdicción de la Intendencia de Salta del Tucumán (1812/1813). Belgrano ha cruzado el río Pasaje, se encuentra en la margen cercana a Cabeza de Buey. El ejército reunido jura fidelidad a la Asamblea del Año XIII, subordinando la fuerza a la ley. Hecho no suficientemente señalado en la historiografía nacional. Es la primera sumisión de un ejército al Imperio de la Ley, al Estado de Derecho. Ejemplo del pasado, aviso al presente, advertencia al porvenir…


Con la bandera como testigo heráldico, juran en la cruz de las espadas. El marco institucional le es favorable, la asamblea se ha declarado soberana. No más sumisión al Rey Fernando VII. Por ello, ha nacido nuestra bandera nacional, se construye su legitimidad popular, en un proceso que comenzó en Rosario de Santa Fe (27.02.1812), se consolidó en Jujuy (25.05.1812), y emerge victorioso en Salta (20.02.1813), para culminar en Tucumán (9.07.1816).


No recibirá declarada la independencia, ni amonestaciones, ni represiones, del gobierno central. Se consolida la Soberanía Nacional, y su Símbolo. En aquel mes de febrero, lluvioso, se prepara la bandera azul y blanca para flamear victoriosa en el campo del honor militar. En esos tiempos, la actual provincia de Salta integra la Intendencia de Salta del Tucumán, y su ciudad es la capital de la jurisdicción. El acontecimiento militar (al igual que en Tucumán), nos pertenece a todos los norteños. jujeños, salteños, tucumanos, santiagueños, catamarqueños, incluso
¡tarijeños! pueden sentirse orgullosos de ser custodios de nuestra insignia patria.


Leamos lo que expresa, el conductor de las tropas, creador de nuestra bandera, en relación al Pasaje y Juramento.:


“(…) Oficio del General del Ejército Auxiliar del Alto Perú Manuel Belgrano al Gobierno. Manifiesta haber dado cumplimiento al reconocimiento y juramento de Obediencia a la Soberana representación de la Asamblea Nacional (Río del Juramento, 13 de Febrero de 1813)

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Manuel Antonio de Castro

 

"El General Manuel Belgrano"

Yo observé en el general Belgrano tres calidades que principalmente formaban su mérito: patriotismo absolutamente desinteresado, contracción al trabajo y constancia en las adversidades.


En prueba de lo primero citaré los hechos siguientes: en todo el tiempo que permaneció el ejército en Tucumán, que fue el de cuatro años, destinó sus sueldos sobrantes al socorro de las necesidades del mismo ejército, desterrando de su persona y casa todo lujo, y aún las comodidades más naturales y necesarias. Su diario vestido era una levita de paño azul. Su casita construida en la ciudadela a la manera del campo, era una choza blanqueada. Sus adornos consistían en unos escaños de madera hechos en Tucumán, una mesa de comer, su catre de campaña y sus libros militares. Comí con él varias veces. Tres platos cubrían su mesa, que era concurrida de sus ayudantes de campo y capellán.


Cuando por motivo de la victoria de Salta le regaló el supremo gobierno o la Asamblea cuarenta mil pesos, los cedió íntegramente para la dotación de escuelas en Santiago del Estero, Salta, Jujuy y Tarija, que no las tenían, ni podían establecer.


Cuando por orden del gobierno supremo vino con el ejército hasta la jurisdicción de Santa Fe, le pidió al gobernador sustituto de Córdoba don José Antonio Álvarez de Arenales, cincuenta pesos para mantenerse. Tal era entonces su situación.


Se había consagrado tanto al servicio de la Patria que no era fácil saber cuáles eran las horas de su descanso. Yo lo observé en Tucumán el año 16: ocupar todo el día en la atención del ejército, y contínuos servicios doctrinales, salir de noche a rondar hasta las doce o más tarde, retirarse a esas horas e irse a escribir sus multiplicadas correspondencias que despachaba de su puño y mantenía con todos los gobiernos, con todos los pueblos, y con toda clase de gentes a favor de la causa de la Patria. Los maestros de postas y alcaldes Pedáneos de las provincias conocidos por su decidido patriotismo hacen vanidad de conservar sus cartas amistosas, y dirigidas todas al servicio público.

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Precisar el contexto en que la llamada Guerra de las Malvinas se dio, es una tarea que necesariamente debe estar comprendida en un marco histórico mucho más amplio, al riesgo de que, de no hacerlo así, esa Gesta protagonizada por argentinos casi adolescentes en su mayoría, se reduzca solamente a un hecho político y la derrota sufrida pierda el enorme significado de honor que les cabe a los que dejaron la vida, y a los que volvieron con heridas, físicas, psíquicas y espirituales de aquellos irredentos territorios.

 

Aquel que no valore en su más exacta dimensión lo que significó el episodio de Malvinas para los argentinos del siglo XX y para esas generaciones de 1962 y 1963, no ha calibrado la profundidad del acto heroico que significaron aquellas jornadas. 

 

Sólo los distraídos y dispersos ideológicamente, los que solamente se quedan con una superficial mirada de tono político, pueden criticar aquel acto de recuperación sobre un territorio que la historia y el derecho demuestran que es parte integrante de la República Argentina. 

 

Criticable será la decisión y la conducción, la logística y la estrategia, pero nunca, jamás así, la entrega de aquellos muchachos, oldados conscriptos y de los oficiales y suboficiales que con arrojo y a desprecio de la propia vida intentaron arrebatar al pirata inglés lo que éste había hollado tantas décadas atrás. 

 

Como en los lejanos años de la Guerra de la independencia, ésta, la de Malvinas también se convirtió en una guerra de recursos. Ante la falta de maniobrabilidad de la Marina de Guerra Nacional por la presencia de los submarinos británicos, y las falencias en la distribución de la logística de parte de un alto mando extraviado, los soldados argentinos echaron mano de cuanto daba el ingenio para sobrevivir y para hacer que sus armas, en desventaja frente al moderno equipamiento inglés, continuara siendo mortífero para el enemigo.

 

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Es en gobierno.salta.gob.ar en donde los ciudadanos encontrarán material historiográfico sobre hechos trascendentales en la historia de Salta. 

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Esta cartilla dedicada al Padre de la Patria, tiene como destinatarios especiales a los jóvenes.


Nos encontramos insertos en la cultura de la globalización cuyos valores parecen distintos y distantes a los que forjaron la vida de San Martín.


Entendemos que estos valores podrían caer en el olvido si no pusiéramos nuestro esfuerzo para rescatarlos y darles vigencia sin perder de vista las características de los tiempos.


Conmemoramos, además, este año el Bicentenario del Inicio de la Guerra Gaucha, una Gesta que se inicia operacionalmente en 1814 y que finalizará con la muerte artera del Gral. Martín Miguel de Güemes en 1821. En esta Epopeya vemos aparecer indisolublemente unidos las concepciones estratégicas de José de San Martín y Martín Güemes para quienes la tarea libertadora solo estaría completa con la Libertad y la Independencia de América del Sur.


Unidad de pensamiento y de acción, herederos de los ideales de Mayo que juntamente con Manuel Belgrano desean una América unida más allá de los accidentes geográficos o las diferencias ideológicas.


La vida de San Martín tiene un aura de misterio y de respeto que caracteriza a los más grandes hijos de cada pueblo.


En su ejemplo, silencioso y modesto, puede verse tanto al militar profesional de admirable visión estratégica, como al organizador minucioso de fuerzas de combate y al eficiente administrador y gobernante. En cualquiera de los puestos en donde lo requería la Patria no lo ganó la codicia o la ambición de poder y cuando consideró concluida su tarea, se retiró sin esperar ninguna clase de reconocimiento o compensación.


Conoció la gloria y el exilio voluntario. Conoció las tormentas de las dudas y de la incertidumbre antes de cada batalla y también en las interminables luchas civiles que tantas veces han demorado el logro de los países latinoamericanos.


Las virtudes de San Martín son, hoy como ayer, las que todo argentino debe aspirar a asumir: el gobernante, el soldado, el trabajador, el empresario, el estudiante, en definitiva el ciudadano. Fue un gran héroe, pero ante todo fue un hombre que sufrió, amó, luchó con pasión y al que únicamente podremos comprender, respetar e imitar si unimos estas dimensiones excepcionales a las de un hombre entregado a una misión que, en el caso de San Martín fue nada menos que la libertad de un Continente.

 

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La guerra a muerte librada contra el invasor realista en el Norte actual, y en el Alto Perú (actual Bolivia), durante cinco años, salvando a la Patria, y permitiendo el cruce de los Andes, y la Libertad de Chile, bajo la conducción del Libertador General don José de San Martín, trajo aparejadas pobreza y dolor en nuestra tierra norteña, arrasada por las sucesivas invasiones realistas. Contenidas y derrotadas con sangre, sudor y lágrimas por los oscuros hijos del paisaje: ¡los gauchos!


Güemes, sus oficiales (jujeños, salteños, tarijeños) y las milicias gauchas de Jujuy, Salta y Tarija, sufrieron el peso de ¡la tierra en armas! La ayuda en armamentos, cartuchos, lanzas, sables, caballos, ganado, fue sobrellevada mediante empréstitos forzosos en la "Provincia de Salta" (contribuciones de guerra aprobadas por el Cabildo salteño). Tucumán sostuvo la inactividad manifiesta y deliberada del Ejercito del Norte en esos duros años. Con la idea no concretada de preparar el avance sobre el Alto Perú (tal el Plan de San Martín, desde 1816), cosa que no ocurrió nunca… durante ese tiempo. Tucumán no sufrió el peso de la guerra en su propio territorio, como sí sucedió en 1812, en la Gesta de Belgrano (salvando a la Patria). Durante ese periodo de la guerra (1814/1818), Araoz apoyó a regañadientes, a cuenta gotas, a Güemes y a sus milicias gauchas. Sus motivos, más allá de la flaqueza del erario tucumano, fueron el temor del crecimiento de su prestigio militar, y su ascendiente sobre el paisanaje, sobre los gauchos. A pesar de esta actitud premeditada, “consentida” por Belgrano (influenciado por Araoz y
sus seguidores), Güemes y las milicias gauchas salto jujeñas salvan la independencia naciente... la excusa constante de la naciente tucumanidad, para no aportar más de lo escasamente necesario, fue el sostenimiento del Ejército del Norte, y la pobreza del erario tucumano. Como si Salta y Jujuy no sostuvieran al Ejército de Milicias Gauchas (más de 6.000 hombres), que a su vez guerreaban en el campo principal de la lucha: la geografía salto jujeña. Salvando la tranquilidad del territorio tucumano, y la de las demás provincias abajeñas. También al poder central, a los porteños, a los rioplatenses.


Tensiones, conflictos, grietas, en el campo criollo gaucho


La conducción gubernativa y militar de Güemes, en tiempos de guerra, de escasez y de hambre, conllevó grietas en las fuerzas patriotas salto jujeñas tarijeñas, también competencias, envidias, intrigas, resentimientos, incluso: connivencia con el enemigo realista. En ese marco terrible, sofocante, a partir de 1819, la ruptura directa o indirecta, declarada o tacita de ciertos sectores de Tarija, Chichas, Jujuy y Salta, empezaron hacerse sentir: incluso complotando contra la vida del Conductor político y militar don Martín Miguel de Güemes (el caso del mulato Panana, es significativo). La realidad histórica, los hechos sucedidos, basados en documentos fehacientes, es que valientes y temerarios como el Comandante Moto Mendez, el Capitán Pedro Norberto Arraya y el Teniente Coronel Manuel Eduardo Arias, entraron en combinaciones con el General Pedro Antonio de Olañeta, el empecinado realista, que fuera consagrado Virrey del Río de la Plata, por el Rey Fernando VII, antes de su muerte en 1826. Este perdió la vida, traicionado por sus oficiales, en la última batalla de la Independencia, en Tumusla (1 de Abril de 1826). De los criollos mencionados, quien más se empecinó contra Güemes, fue Arias, quien complotó contra la vida de Güemes, es decir: del Gobernador, y Comandante Militar, por lo cual terminó siendo desterrado a Tucumán, por el Caudillo de la Epopeya de la Guerra Gaucha. Aráoz ni lerdo ni perezoso, inmediatamente lo integró a sus fuerzas militares, organizadas después de que se retirara el Ejército del Norte al mando de Belgrano, a solicitud del Gobierno central para reprimir la sublevación federal del Litoral (1819). En el Norte, los Coroneles Abraham González y Aráoz encendieron la hoguera de la anarquía en el País de los Argentinos (1820), al forjar la sedición contra el gobernante legítimo de su provincia Felipe Mota Botello, logrado su objetivo, se encaramaron en el poder tucumano, Aráoz designado Gobernador de “facto” constituyó: la "república del Tucumán", basado en una Constitución de corta existencia, pues la anarquía recorrería Tucumán, en los años sucesivos. Llevando a la muerte, fusilado por sus comprovincianos, al mismo Aráoz. Para sostener la corporativa “república federal”, dado que fue un gobierno sedicioso, se apropiaron del parque de armas del Ejercito del Norte. Abandonado después del repliegue del mismo, hacia el litoral. Ordenada por el Gobierno Central, acatada por Belgrano, sin esperanzas, enfermo ya de tantas disensiones internas.

 

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